Markeas, Alexandros

Grecia / Francia
1965

El tacto de la obra… En una época de sobreescucha musical, está bien que un compositor ponga su música en peligro, bajo escucha. Así, el año 1997 habría sido fecundo para Alexandros Markeas (nacido en 1965) que empuja a su obra “Remarques sur les couleurs” interrumpiéndola con un intercambio de términos violentos entre cuatro personajes.

Se entabla un debate, y no sobre política, ni para saber si es legítimo hacer un concierto en la sociedad occidental, ni tampoco sobre el dilema straussiano, prima la música, prima la parola, sino simplemente, gravemente, sobre el estatuto de la creación musical hoy: ¿es música todavía? Las palabras que se dicen viran pronto hacia el tópico: todo pasa. Pero un músico llama a nuestros interlocutores a la realidad de las cosas cortocircuitando este pequeño mundo: “¡Yo cumplo con mi trabajo y sus historias me la soplan! Bueno, ¿recomenzamos? Si no estaremos aquí hasta medianoche”. Banal la reacción, pero de hecho, ¡tan real! Cierto, se dirán: pero ya hemos visto esto en el teatro en el primer cuarto del siglo XX con Luigi Pirandello, lo real asaltando a los actores en “Seis personajes en busca de autor”, o incluso el intercambio de papeles entre narrador, personaje principal y autor en la Trilogía neoyorkina del novelista americano Paul Auster. Esta prohibición con “tácita reconducción” de mezclar en un escenario, en una novela o en una película lo real y lo imaginario parecen ahora desfasados por la tele-realidad. El juego de roles convertido en la matriz de las artes. En el corazón de este cuestionamiento se sitúa Alexandros Markeas.

En un reciente homenaje a Iannis Xenakis en la Abadía de Royaumont en septiembre de 2001, donde se estrenó “Apostaseis”, cuarteto de cuerda por el Cuarteto Arditti, se interrogaba sobre un compositor surgido de ninguna parte que, como los personajes de Pirandello, deambulan por un escenario sin haber sido de entrada “sancionados” por las instancias legítimas, aquí el conservatorio o la academia de música, y que consigue imponer su personaje, su música.

El destino de Alexandros Markeas, hijo de un compositor, es muy otro que el de Iannis Xenakis. Naturalmente, el aprendizahe de la música se realiza por su dimensión lúdica, la vía instrumental, antes de convertirse en una disciplina. El piano lo lleva al Conservatorio Nacional de Atenas de donde sale con veinte años y un diploma superior de piano. Para perfeccionarse, ingresa en el Conservatorio de París (CNSMP) en la clase de Gabriel Tacchino y luego en la de Alain Planès. En 1990 obtiene un Primer premio por unanimidad seguido un año más tarde por un Primer premio de música de cámara, igualmente concedido con la unanimidad del jurado. Una carrera de intérprete se le ofrece. Paralelamente se interesa por la escritura musical y la composición. Completa su formación en el CNSMP con primeros premios de contrapunto (1992), fuga (1994) y finalmente composición (1996), disciplina para la cual es admitido en el ciclo de perfeccionamiento. Por otra parte, es seleccionado para seguir el cursus de composición e informática musical del IRCAM. El año 1998 le permite participar en la primera Academia europea de música del Festival Internacional de arte lírico de Aix-en-Provence, donde realiza la música de un ballet. De Atenas a París, pasando por Aix-en-Provence, el camino no podía llevarle más que a Roma, a la Villa Médicis donde reside entre 1999 y 2001. Este periodo fructífero le pone en contacto primero con sus profesores Guy Reibel, Michaël Lévinas, Tristan Murail y Marc-André Dalvabie, y también con intérpretes como el Ensemble TM+, Court-Circuit o el Itinéraire.

Alexandros Markeas se sitúa en la herencia de la escuela espectral, la de Gérard Grisey, Tristan Murail, Hugues Dufourt y Michaël Lévinas, la de una música “procesual”, una música más cercana al sonido que a la nota, fluyendo gradualmente de un estado del material hacia otro, una música que pone en juego una dialéctica entre armonía e inarmonia, entre periodicidad y aperiodicidad. A esta trayectoria compositiva, Alexandros Markeas añade una dimensión teatral que le permite escapar de una “música pura”. Se interesa particularmente por la teatralidad inherente a la música, tal y como se expresa en los diferentes aspectos de la vida musical. Ensayos, cursos y concursos, el antes y el después del concierto, anécdotas, clichés y textos que hablan de la música le suministran un campo de experimentación. Los contornos y las aleas de la obra musical se encuentran en el interior de ésta para molestar y modular su forma. Su reflexión sobre los mecanismos de la percepción y de la descodificación del objeto musical a través de la representación literaria y filosófica de la música le llevan a extender el ámbito del proceso incluyendo el teatro como matriz formal. Así lo ilustra su “Hommage à Salieri” (sobre un texto de Claire Legendre) estrenado en marzo de 2000 como reacción a la fábula lanzada por el poeta ruso Alexander Puskin, quien lo transformó en un cabrón de leyenda, [en] compositor desprovisto de talento”. La leyenda había tomado la delantera a la realidad histórica por la simple magia del cine. Cómo lo real puede forzar a lo imaginario, cómo lo imaginario puede convertirse en lo real: el paso de un modo de lenguaje a otro es para Alexandros Markeas una forma de romper las fronteras y de recordar que la noción de proceso no puede limitarse a un modo único. En “Remarques sur les couleurs” (retomando el título de un ensayo de Ludwig Wittgenstein), introduce una reflexión de Pascal Quignard, extraída de su ensayo “La haine de la musique” (El odio a la música), sobre el efecto de la lengua en la simbolización del reloj mecánico, el famoso “tic-tac”: “Nos parece que el tiempo entre el tic y el tac es más corto que entre el tac que parece terminar el doble batido y el tic que aparece como el siguiente”. Esta reflexión se convierte cuatro años más tarde en un “juego musical alrededor de un metrónomo loco que lucha contra su papel de regulador mecánico”. Así, tratando el texto de Pascal Quignard al pie de la letra en su obra “Actions-Réactions”, para flauta y percusión estrenada en el Festival Manca, de Niza, en noviembre de 2001, proyecta una nueva dimensión en la música, la del juego de lenguaje.

Omer Corlaix