Guerrero, Francisco

España
1951
1997

Nacido en Linares (Jaén), educado musicalmente en Madrid y en Granada, aquí con su Maestro, Juan Alfonso García – quién también lo fuera de otro ilustre compositor de nuestro tiempo, Manuel Hidalgo -, fue precisamente en esta ciudad donde, por vez primera se oyó hablar de su nombre. Corría el año 1969, cuando su obra Facturas le alzó como merecedor del Premio de Composición Manuel de Falla. Guerrero, posteriormente, siempre considerará esta composición con cierto recelo, pese a ello, se decidió a incluirla en su catálogo como “primera obra”; anulando todo su trabajo hasta la fecha.

En 1974, tras su paso por la Tribuna Internacional de Jóvenes Compositores de la UNESCO (1973) y por la Bienal de París, representando a España, compone la que será primera obra con presencia electrónica: Jondo. Instrumentos, voces y electroacústica interactúan en una composición, que mereció el Premio de Composición Gaudeamus de Holanda. A partir de este momento, Guerrero se dedicará plenamente a la composición.

Pese a que su primera obra orquestal, Ariadna, no llegará hasta 1984, en todo los años que median desde Jondo, Guerrero no cesará en su labor compositiva, labrando a pulso su imagen de inconformista, y situándolo la crítica internacional, como una de las voces más interesante surgida en la nueva música de vanguardia española.

Será en la música de cámara, donde se concentren algunos de los más grandes logros de su autor. Así, tras su Actus (1975), llegará dos años después una obra, de auténtica envergadura en su catálogo, el Concierto de cámara; esto es, un sexteto instrumental que ordena el material sonoro mediante las estrictas leyes de la combinatoria. Matemática y música unidas al servicio de una creación insobornable como pocas, y de una fiereza absolutamente desaforada, que se hace, todavía más latente, en Ars Combinatoria (1979-80), donde en palabras del musicólogo Stefano Russomano "se construye un universo cerrado, sólido, pero en absoluto estático y cuya superficie, en constante movimiento, se carga y descarga de energía de continuo”.

Tras una breve pieza, Erótica (1978) para contralto y guitarra, aparecerán otra importante composición: nos referimos a Anemos C (1979). De ella diremos, que en su escucha se hace patente la admiración que Guerrero sentía hacia Edgar Varèse; y es que las sonoridades tumultuosas, la estratificación de los planos sonoros y la rugosidad en las texturas, son características que se contemplan en la creación de ambos músicos.

No cerraremos el apartado camerístico sin unir a otras dos obras, en un particular y, no tan arbitrario, binomio: Rhea (1988) para doce saxofones y Delta Cephei (1992) para conjunto instrumental. La inusitada y violenta tímbrica de la primera da paso en la segunda, a una de las partituras más avanzadas de Guerrero, donde ya se apunta, la que será gran preocupación matemático-musical del jiennense: los fractales, tomados de diversas teorías provenientes de la física del caos. Para José Luis García del Busto el “procedimiento fractal implica la autogeneración del material a partir de un pequeño núcleo – o semilla – para dar resultados en los que cualquier parte coincide con el todo”. Dos clarinetes y un trío de cuerda sirven a Guerrero para jalonar un discurso de gran tensión y de sobrecogedora agógica.

Donde, sin lugar a dudas, Guerrero gestó su gran obra, fue en el terreno del cuarteto de cuerdas. Ello hubiera sido imposible de no haber contado con el entusiasmo y la implicación en el proyecto del soberbio Arditti String Quartet. Sin más preámbulos, nos venimos refiriendo a Zayin (I-VII), un monumental conjunto de cuartetos, tríos y hasta una página para violín solo, compuestos a lo largo de catorce años (1983-1997), que resumen, cada uno de ellos, las diferentes etapas compositivas de su autor: desde la combinatoria a la fractalidad. En total, algo más de una hora de música, de una elevada intransigencia instrumental, que compendia, sin ambages, una obra esencial en la historia de la música contemporánea, cuyo estreno completo tuvo lugar en 1997, en el sevillano Teatro Central.

No es de extrañar, que en busca de ese “arte potente”, que Guerrero preconizaba y que intentaba alcanzar en cada una de sus creaciones, el compositor recalara en la electroacústica. Y pese a que su trabajo en este ámbito no es nada extenso: sólo tres obras, dos de ellas han quedado como ejemplificaciones perfectas de las indagaciones musicales de su autor. Así Rigel (1993) pero sobre todo Cefeidas (1990) pueden escucharse como sendas obras de arte electrónicas, que llevan sus materiales al límite y que constituyen, tomándole prestada la acepción al último Nono, una verdadera y singular “tragedia de la escucha”.

El temperamento a menudo irascible de Guerrero encontró en la escritura orquestal el medio más adecuado para expresarse a través de unas partituras de un radicalismo sin concesiones, y a la vez, de un estructuralismo tremendamente estricto y conciso, fruto de su interés por la metodología científica. Si exceptuamos las obras fuera de catálogo, nos quedamos con cinco composiciones orquestales: Antar Atman, Ariadna, Sáhara, Oleada y Coma Berenices. En ellas, a menudo, se ha querido ver cierta similitud con las obras sinfónicas de Xenakis. Pero la construcción monolítica y más hierática de las partituras del genio greco-francés, se torna en Guerrero, en una musicalidad igualmente indomable y salvaje, pero de tonalidades más mediterráneas y de contrastes menos abruptos. A tal efecto citaremos la escritura indoblegable y extrema de Sáhara y la complejísima y dramática Coma Berenices, cuya audición se nos antoja infinita, pues es una obra que demanda volver a ella una y otra vez.

La repentina muerte de Guerrero en 1997, con tan sólo 46 años de edad, nos privó de seguir disfrutando de uno de los más grandes talentos que ha tenido la música española, y de conocer cómo hubiera sido su gran proyecto operístico: Luz, Muerte y Desprendimiento de Juana la Papisa.

Ismael González Cabral (Crítico Musical)